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sexta-feira, 28 de abril de 2017

El mensaje de Fátima, hoy más urgente que nunca

“Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”, Nuestra Señora de Fátima, 13 de julio de 1917.
Luis Sergio Solimeo
Al fallecer la hermana Lucía el 13 de febrero de 2005 a la edad de 97 años, algunas personas preguntaron si la muerte de la última vidente cerraba el ciclo de Fátima, y si el mensaje de la Santísima Virgen a los tres pastores es todavía oportuno.
Para responder a estas dos preguntas, debemos examinar desde una perspectiva correcta los acontecimientos y manifestaciones celestiales ocurridos hace cien años atrás.
Importancia del mensajero y confirmación divina
Un evento de esta naturaleza se considera significativo en función de la importancia de la persona involucrada y cuando se demuestra sin lugar a dudas su autenticidad. En el caso de las apariciones de Fátima, la principal protagonista es la más excelsa de todas las criaturas, la Madre de Dios; y Dios mismo autentificó las apariciones por medio del milagro del sol, un acontecimiento de proporciones bíblicas.
El estupendo milagro del Sol
El periodista ateo Avelino de Almeida describió los acontecimientos en Cova da Iria en un artículo titulado “¡Cosas asombrosas! Cómo el Sol bailó al mediodía en Fátima”. Lo que sigue es un extracto de ese artículo publicado en el periódico anticlerical O Século, de Lisboa, el 15 de octubre de 1917:
De lo alto del camino, donde se aglomeran los autos y miles de personas aguardaban, temerosas de descender al suelo fangoso de la Cova da Iria, vimos a la inmensa multitud volver la mirada hacia el sol en su punto más alto, completamente libre de nubes. El astro parecía una placa de plata opaca. Podía verse fijamente sin el menor esfuerzo. No quema, no ciega… De repente, se oye un grito tremendo: ¡Milagro, milagro!… Ante los ojos atónitos del pueblo, cuya actitud nos transporta a los tiempos bíblicos y que, pálido de terror, con las cabezas descubiertas, contemplan en el cielo al Sol temblar y hacer bruscos movimientos nunca vistos, fuera de todas las leyes cósmicas: el Sol parecía literalmente bailar en el cielo.
En su libro El Milagro del Sol, Conociendo a los Testigos, John Haffert recopiló testimonios prolijamente documentados de los testigos oculares del fenómeno. Entre ellos se encuentran algunos que lo observaron a kilómetros de distancia, como el padre Joaquín Lourenço y el escritor Alfonso Vieira. La existencia de estos testigos distantes descarta la posibilidad de una sugestión colectiva.
Un mensaje que sigue siendo de la mayor importancia
Un milagro sin precedentes, como el del “baile del Sol”, estaba destinado a confirmar el, también sin precedentes, mensaje de Dios. Luego, debemos mirar hacia Fátima como el mensaje del cielo por excelencia para nuestros tiempos.
De hecho, los males que denuncia este mensaje están en curso. Asimismo, la solución que indica es también todavía aplicable a nuestros días.
¿Cuáles son estos males y cuál es la solución respectiva?
Básicamente, la Virgen María vino para recordar a un mundo que caminaba hacia la apostasía la gravedad del pecado y sus consecuencias, el castigo del infierno para los pecadores impenitentes y el castigo para el mundo por ofender a Dios.
Para prevenir la condenación de tantas almas y el castigo de Dios, María Santísima ofreció como solución la devoción a su Corazón Inmaculado, la Comunión Reparadora de los primeros sábados durante cinco meses consecutivos y la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón.
La Santísima Virgen advirtió que si sus pedidos no eran atendidos, se desataría la Segunda Guerra Mundial y el comunismo expandiría sus errores por todo el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia. Por último, Ella prometió el perdón divino y el triunfo de su Inmaculado Corazón, que sobrevendría a la consagración y conversión de Rusia.
Es dolorosamente obvio constatar que sus pedidos no fueron atendidos a tiempo. La Segunda Guerra Mundial estalló y los errores de Rusia se expandieron por todo el mundo, no apenas con la instauración de regímenes comunistas en muchos países de Europa, Asia y Centroamérica, sino de igual modo a través de la difusión de doctrinas y costumbres que están sistemáticamente conduciendo al mundo al abandono del orden natural y cristiano. Las ofensivas para implantar el “matrimonio” homosexual, el aborto y la eutanasia son apenas algunas de estas manifestaciones. Por lo tanto, aunque el poder del comunismo haya de alguna manera declinado en su forma política, sus aspectos culturales están ahora en su cenit.
De hecho, el divorcio, el amor libre y la falta de modestia encuentran su sistematización filosófica y su apoyo político en el socialismo y el comunismo, cuyas fuerzas propulsoras son la sensualidad desenfrenada y el orgullo desatado. Estos dos vicios demuelen todas las barreras y restricciones que mantienen el comportamiento y el pensamiento humanos de acuerdo con la ley de Dios y el orden que Él estableció.
Por lo tanto, debemos admitir que todavía estamos dentro de la fase del castigo previsto en Fátima y debemos esforzarnos por avanzar hacia aquello que la Santísima Virgen prometió: el triunfo de su Inmaculado Corazón.
El mensaje de Fátima es, pues, más urgente que nunca.

http://www.fatima.org.pe/articulo-1235-el-mensaje-de-fatima-hoy-mas-urgente-que-nunca

Un Oblato es un cristiano, laico o religioso, miembro de la Iglesia Católica, quien encuentra en la Regla de San Benito el estímulo y guía para desarrollar su llamado a la perfección cristiana de modo que busque, sirva y glorifique a Dios con todo su ser.


http://www.monasteriodelaencarnacion.org/oblatos/Oblatos


La Comunidad del Monasterio de la Encrnación abre sus puertas a los oblatos. De esta manera, extiende su experiencia benedictina a personas laicas como parte de la familia espiritual. Así, en un acto acto de oblación se establece los lazos recíprocos que unen al oblato con la comunidad monástica. El monasterio, de acuerdo a sus tradiciones y características da al oblato una participación más cercana en su vida de “ofrecimiento” y en las oraciones de la comunidad, dándole la oportunidad de profundizar su vida espiritual, doctrinal y litúrgica a través del continuo contacto que tiene con su monasterio.
El oblato, a través de su oblación, se compromete a seguir un estilo de vida que dé testimonio de su asociación a una tradición monástica en el tiempo presente. En particular él comparte la vida de su familia monástica con su oración personal, con sus visitas al monasterio y en la participación en la liturgia de su comunidad monástica. Los intercambios fraternales por medio de cartas, encuentros, dirección y guía espiritual por cualquier monje de la comunidad, profundizan los lazos que el oblato tiene con su familia monástica.
La elección del oblato por su filiación a un monasterio en particular es el resultado de experimentar un lazo de espiritualidad con tal comunidad monástica, con este comienzo se puede construir una relación fructífera entre ambos. Es así que los oblatos de un monasterio establecen lazos de amistad entre sí como una expresión de caridad fraterna. Estas relaciones se expresarán, según las circunstancias, en encuentros de oración, estudio o actos de caridad.
¿QUÉ ES UN OBLATO?
Un Oblato es un cristiano, laico o religioso, miembro de la Iglesia Católica, quien encuentra en la Regla de San Benito el estímulo y guía para desarrollar su llamado a la perfección cristiana de modo que busque, sirva y glorifique a Dios con todo su ser.
 El ideal de vida de un oblato es vivir el evangelio de la mejor manera posible, esforzándose por ser “perfecto” como nos lo enseña Cristo. Este es el único objetivo que nos anima ya sea como monjes o como oblatos y para alcanzarlo hay dos obligaciones, que nosotros ya aceptamos en el bautismo: Oración y Caridad.
En el capítulo 59 de la Regla, “Sobre la recepción de los hermanos”, san Benito nos dice que el Maestro de Novicios debe discernir si el novicio está realmente buscando a Dios ¿Está realmente buscando al único Maestro en todas las situaciones que se le presentan?: El oblato es una persona que, mientras vive en el mundo, busca a Dios en todas las cosas: en su familia, en su vida social, en su trabajo, en su “religión” siguiendo un camino propio hacia Dios, marcado por la Regla, la misma regla que guía a sus “confratres” en el monasterio.
Del mismo modo que los monjes y monjas, los oblatos se asocian a una familia monástica en particular, así, ellos son una extensión de esa familia monástica en la vida cotidiana. Por este vínculo los oblatos están asociados con la familia benedictina entera (Orden) al interior de la Iglesia. Esto es lo que distingue a un oblato de un terciario: Un terciario pertenece a una Tercera Orden con una regla y regulaciones específicas para dicha Tercera Orden. Hoy en día, desde el documento sobre “La Renovación de la Vida Religiosa” los miembros de una Tercera Orden son miembros de una Orden Secular, como es el caso de la Orden Secular Franciscana.
El oblato pertenece a una familia monástica específica y sigue la misma Regla y todo lo que ésta implica. Así, el oblato comparte la riqueza espiritual de la gran familia benedictina y especialmente los méritos y buenas obras de su propio monasterio. El oblato, por su parte con sus oraciones y buenas obras, hace cuánto puede para promover el bien de su propia comunidad monástica, de la familia benedictina y de la Iglesia universal; esto incluye ser fiel y servicial a su parroquia y su diócesis.
La filiación de los oblatos a un monasterio particular tiene la finalidad de ayudarles a integrarse del mejor modo en el Cuerpo Místico de Cristo, desde su respectiva vocación, siendo ante todo hombres y mujeres de la Iglesia.
LA VIDA ESPIRITUAL DEL OBLATO
Cristo nos llama a todos a la santidad y este llamado es enfatizado por el oblato. Está llamado a vivir el misterio pascual que es morir al pecado y vivir una nueva vida en Cristo. En otras palabras, estamos llamados a la conversión, que es un acto continuo de volverse hacia Dios durante toda la vida. En este camino la Santa Regla es para el oblato una guía y siguiendo su espíritu busca a Dios a través de la conversión de todo su ser.
Conversatio Morum (Conversión de Vida), el voto que sus hermanos monásticos toman, consiste en la renovación consiente de nuestra consagración bautismal, haciendo una promesa formal de vivir esta consagración en la “escuela del servicio divino” tal como es establecida por san Benito, esto es, en la oración, en el trabajo, en el ejercicio de la virtud, en la forma en la que conducimos nuestras responsabilidades sociales y relaciones.
 La Santa Regla es un código de sabiduría humana y sobrenatural, abierta a todos y que tiene también un gran valor para los laicos cuya vocación es buscar el reino de Dios en su vida diaria y vivir de acuerdo con la voluntad de Dios. De este modo la Regla nos presenta una forma práctica de vivir el evangelio.
ORACIÓN
El oblato debe entrenarse por sí mismo en la oración, que debe estar marcada por los más auténticos valores espirituales como son: la Liturgia, la Sagrada Escritura, los Sacramentos y la oración personal. El centro de la vida del oblato debe ser la Eucaristía, en la cual une su oblación con el sacrificio de Cristo.
El trabajo principal del monje se lleva a cabo en el coro: la solemne celebración del Oficio Divino, que es la oración oficial de la Iglesia y al cual san Benito llama “la obra de Dios”. El oblato es asociado a esta “obra” y debe, tanto como sus circunstancias se lo permitan, tratar de rezar alguna parte del Oficio Divino cada día, en comunión con sus hermanos en el monasterio.
Las oraciones de la mañana y la tarde, Laudes y Vísperas, deben tener especial importancia; estas pueden ser abreviadas o adaptadas según sea conveniente, con el consentimiento del Maestro de Oblatos.
La Lectio Divina, que es la práctica monástica tradicional de leer las Escrituras y los Padres de un modo meditativo y pausado, es el elemento primordial de la espiritualidad monástica. Para enriquecer y profundizar su vida de oración personal, el oblato no debe ser negligente en la práctica de la  Lectio Divina. También se pueden leer otros libros de espiritualidad con este método.
 La lectura espiritual es muy recomendada como una forma de profundizar nuestro conocimiento de la espiritualidad cristiana y ayudar a entender las “cosas de Dios”. El oblato debe dedicarle algún  tiempo cada día, a fin de obtener una “escucha” fructífera y vívida, ayudado con los escritos de hombres y mujeres entendidos y santos, en un clima de silencio  y recolección, que lo llevarán a una relación más íntima con Dios.
TRABAJO
San Benito nos previene  contra la “pereza que es enemiga del alma” RB. 48 y nos dice que “Dios debe ser glorificado en todas las cosas” RB. 57. El oblato debe aplicarse a estas normas en cualquiera sea su trabajo diario, con generosidad y gozo, y hacer buen uso de los talentos que Dios le ha dado, poniendo en su trabajo esfuerzo y buena voluntad para alcanzar la perfección que redundará en beneficio de la sociedad y además a la consagración  de ese trabajo para la renovación de su entorno.
EJERCICIO DE LAS VIRTUDES
La espiritualidad benedictina está coloreada por las enseñanzas de la Santa Regla y particularmente por su prólogo, por el capítulo 4, sobre las buenas obras, y por el capítulo 7, sobre la humildad.
El oblato debe tratar de penetrar las enseñanzas detrás de estos capítulos, encontrando aquí los cimientos de su formación cristiana, elementos para el desarrollo de su vida espiritual y además aplicaciones prácticas para su vida diaria. Pero el oblato debe tener siempre presente la búsqueda de Dios sobre todas las cosas y ese permanente amor por Cristo que es la base de la vida cristiana.
El oblato, como fiel miembro de la Iglesia de Cristo, debe mostrar fidelidad y obediencia al Magisterio de la Iglesia y particularmente la guía del Papa y los obispos.
Las virtudes de la humildad y la obediencia encuentran su expresión en la aceptación del deber, del sufrimiento  y de la lucha contra el mal. El oblato debe tratar de mantenerse libre del “espíritu de este mundo” y si fuese posible tratar de vivir con un espíritu de simplicidad, frugalidad, penitencia y caridad.
El oblato siempre debe mantener una actitud de simplicidad y ser guiado por la discreción – madre de todas las virtudes y una característica de san Benito –  para conseguir el amor perfecto, que destierra el miedo.
VIDA SOCIAL
La Regla propone como ejemplo de vida social, el de una familia donde se practica la caridad, organizada en el espíritu del evangelio.
El oblato en su actitud social de gentileza, comprensión, paciencia, abnegación, disponibilidad y de servicio nunca debe olvidar que el buen comportamiento de un individuo tiene influencia en la comunidad donde vive, y de este modo es enriquecida en sus valores morales y espirituales.
El oblato, por su oblación y su unión con su familia monástica, tiene como tarea especial dar testimonio de Cristo, y  manteniendo siempre en mente las realidades eternas, se dedicará enteramente y con corazón generoso a la propagación del reino de Dios y animar un orden  en su entorno
EL OBLATO Y LA COMUNIDAD
El Abad tiene a su cargo el cuidado de los oblatos, él puede designar uno de sus monjes como Maestro de Oblatos; este monje será el responsable directo de los “hermanos viviendo en el mundo” y actúa como enlace entre la comunidad y los oblatos, manteniendo vivo el amor fraterno.
Se sostendrán reuniones con los oblatos, ya sea en pequeños grupos, de acuerdo a la disponibilidad geográfica o reuniones generales en el monasterio. Estos encuentros tienen principalmente fines espirituales pero son también de ayuda para la confraternización y la amistad, de este modo los oblatos  establecen lazos de caridad fraterna entre ellos y con el monasterio.

LES ÉLÉMENTS ESSENTIELS DE LA VIE BÉNÉDICTINE



Vie bénédictine
Une vie séparée du monde pour être unie au mondeImprimerEnvoyer

Le lieu de vie des moniales est entouré d’un mur ou délimité par une grille qui constituent une séparation d’avec le monde extérieur. C’est ce que l’on appelle la clôture.Cette séparation effective d’avec le monde pour une réelle recherche de Dieu est la première caractéristique de la vie monastique par rapport à toute autre forme de vie religieuse. Pour imiter le Christ et entrer en participation de sa relation privilégiée avec le Père lors de sa prière sur la montagne ou à l’écart, les premiers moines partaient vivre dans la solitude du désert. De même, les moniales se retirent dans un lieu réservé, la clôture du monastère, pour se vouer à une prière plus intense, dans le silence et le recueillement.
Si la clôture des moniales est souvent plus absolue que celle des moines, c’est en raison d’un charisme spécial lié à leur féminité. En effet, « la vie monastique féminine a une capacité spéciale de réaliser la nuptialité avec le Christ et d’en être le signe vivant. » (Congrégation pour les instituts de vie consacrée et les sociétés de vie apostolique ; Instruction sur la vie contemplative et la clôture des moniales Verbi Sponsa, n° 4). Répondre à l’appel du Christ à entrer dans une relation si intime avec Lui qu’elle peut être signifiée par l’union sponsale, exige un don radical de soi.
 La clôture est un moyen particulièrement expressif pour vivre ce don, jusque dans le libre usage de l’espace et des contacts. « Au don du Christ-Époux, qui a offert tout son corps sur la Croix, la moniale répond par le don de son corps, s’offrant avec Jésus-Christ au Père et collaborant à l’œuvre de la Rédemption. » (Ib. n° 3). Ainsi, « la vocation et la mission d’une moniale de clôture est d’être le signe de l’union exclusive de l’Église-épouse avec son Seigneur aimé par-dessus tout. » (Ib. n° 1)
Cloitre
De l’intimité avec le Christ découle une fécondité qui vient de Lui, celle qu’il a promise à ses disciples : « Celui qui demeure en moi et moi en lui, celui-là porte beaucoup de fruits. » (Jn 15, 5). Dans la solitude de la clôture, les moniales présentent au Seigneur les intentions du monde entier, qu’elles portent dans leur prière. « De même que Marie, au Cénacle, par sa présence orante, conserva en son cœur les origines de l’Église, de même au cœur aimant et aux mains jointes des cloîtrées est confiée la marche de l’Église. » (Congrégation pour les instituts de vie consacrée et les sociétés de vie apostolique ; Instruction sur la vie contemplative et la clôture des moniales Verbi Sponsa, n° 4).

 
 
Une vie de prière : prière liturgiqueImprimerEnvoyer
La vie monastique est organisée pour la prière :
En Église, avec l’Église, et pour toute l’Église, la moniale est appelée à croître dans un échange amoureux avec le Seigneur, dans une prière continuelle qui, à certains moments de la journée, se fait plus exclusive et assidue, qu’il s’agisse de sa forme publique, la prière liturgique, ou de cette autre forme de rencontre du Seigneur, plus discrète et silencieuse, qu’est la prière personnelle.

Sept fois le jour et une fois la nuit, les moniales se réunissent pour célébrer la prière de l’Église : à l’Office des Laudes, au petit matin, elles font monter vers le Seigneur la louange de la création tout entière ; les Offices de Prime, Tierce, Sexte et None, au fil de la matinée et au début de l’après-midi, leur permettent de rythmer le temps et le travail par une attention plus soutenue à la présence de Dieu et de célébrer les diverses heures de la Rédemption. En fin d’après-midi, alors que le soleil tend à disparaître, l’Office des Vêpres donne aux moniales de chanter le Christ, lumière indéfectible, et de rendre grâce pour la journée écoulée en s’unissant au Magnificat de la Vierge Marie.
À l’Office des Complies, elles demandent la protection du Seigneur pour les heures de la nuit. Au cours de l’Office des Vigiles, enfin, elles font mémoire des grandes œuvres accomplies par Dieu durant la nuit, notamment la nuit pascale, et veillent dans l’attente de la venue du Seigneur.






autelCes Offices liturgiques entourent la célébration de l’Eucharistie, comme l’or enchâsse un diamant et le fait resplendir. Centre et sommet de la journée, l’Eucharistie est chantée dans la beauté des mélodies grégoriennes et de la liturgie rénovée selon les directives du Concile VaticanII.
Dans la liturgie, tout l’être, corps et âme, est appelé à prendre part à la louange du Créateur, par la beauté du chant et des cérémonies.
“Moines et moniales sont les chantres de la beauté de Dieu. Chanter Dieu, louer Dieu et contempler sa beauté sans tache, c’est tout l’art du moine.” (Mère Cécile Bruyère)
Mise à jour le Mercredi, 15 Avril 2015 07:30
 
Le chant grégorienImprimerEnvoyer

« Le chant grégorien est un chant vrai, simple, qui traduit merveilleusement les vérités surnaturelles dans un langage surnaturel lui aussi. Dom Guéranger comprenait que l’Église doit avoir sur la terre un chant qui soit l’écho de celui du Paradis. Car il ne faut pas se figurer le ciel sans chant ! Nous chanterons en Paradis ! Un chant vrai, simple, que l’admiration de la beauté divine fera vibrer dans les âmes ; la beauté de Dieu est une beauté qui scelle les lèvres, je le veux bien, mais elle a aussi un écho dans les âmes et elle les fait vibrer. Donc, on chantera en Paradis, et tout le monde chantera. »

(Mère Cécile Bruyère, 28 Janvier 1904)

Mise à jour le Mardi, 14 Avril 2015 17:24
 
Une vie de prière : prière personnelleImprimerEnvoyer
La prière liturgique, qui est le modèle de toute prière et la source principale de la contemplation, se prépare et se prolonge dans l’intériorité de la prière personnelle. Les moniales consacrent deux demi-heures par jour à l’oraison :
 Prière personnelle« Dans la prière se développe ce dialogue avec le Christ, qui fait de nous ses intimes. ‘‘Demeurez en moi, comme moi en vous’’, dit Jésus. Cette réciprocité est la substance même, l’âme de la vie chrétienne. Réalisée en nous par l’Esprit-Saint, elle nous ouvre, par le Christ et dans le Christ, à la contemplation du visage du Père. La rencontre avec le Christ ne s’exprime pas seulement en demande d’aide, mais aussi en action de grâce, louange, adoration, contemplation, écoute, affection ardente, jusqu’à une vraie “folie” du cœur. Il s’agit donc d’une prière intense qui toutefois ne détourne pas de l’engagement dans l’histoire : en ouvrant le cœur à l’amour de Dieu, elle l’ouvre aussi à l’amour des frères et rend capable de construire l’histoire selon le dessein de Dieu. »(Jean-Paul II ; novo millenio ineunte ; n° 32-33)
Mise à jour le Samedi, 15 Mai 2010 07:19
 
Une vie de travail : lectio divina et étudesImprimerEnvoyer
Saint Benoît partage le temps de la journée qui n’est pas consacré à la prière en deux grandes occupations : « Les frères doivent, à certains moments, s’occuper au travail des mains et à d’autres heures s’appliquer à la lecture des choses de Dieu » (Règle de saint Benoît 48, 1).
La lecture des choses de Dieu : Lectio divina
Pour se donner avec intelligence et sagesse à l’œuvre de la louange divine, la moniale écoute, approfondit et prie la Parole de Dieu dans le silence et la solitude de sa cellule ; c’est le temps de la lectio divina.
Sous la motion de l’Esprit Saint, la moniale se laisse pénétrer par la Parole afin de connaître avec son intelligence et son cœur ce Dieu qui la fascine. Quand elle lit, c’est Dieu qui lui parle ; elle essaie de se taire pour L’écouter en vérité. Quand elle prie, c’est elle qui parle à Dieu. L’Écriture est sa nourriture quotidienne : « Quand tes paroles se présentaient à moi, je les dévorais : ta parole était le ravissement et l’allégresse de mon cœur », dit le prophète Jérémie.
 La moniale se laisse émerveiller, attirer par la Parole qui est évangile, bonne nouvelle. Elle aspire à la contemplation, c’est-à-dire à voir tous les êtres et toutes les réalités avec le regard du Christ, dans cette lumière qui s’appelle, ici-bas, la foi. Elle garde cette Parole dans son cœur, comme Marie, tout au long de la journée.
Lectio divinaLa lecture spirituelle envisagée comme préparation et comme prolongement de la prière liturgique et personnelle suppose l’étude, c’est-à-dire un travail intellectuel sérieux et soutenu.

“Dieu a voulu que nous soyons fondées sur la doctrine. Il faut donc que nous soyons attachées d’une manière très énergique à l’enseignement apostolique. Dès l’instant qu’à Sainte-Cécile la doctrine viendrait à péricliter, tout s’écroulerait en même temps. Tout doit s’y centrer sur la Vérité, c’est la vocation propre de ce monastère.” (Mère Cécile Bruyère)
Bibliothèque“Que ces heures d’étude vous soient donc comme un foyer de lumière, que votre âme s’y échauffe et s’y agrandisse.


Plus vous saurez et plus vous aimerez, plus vous serez près du Seigneur. On ne vient donc pas en religion pour se reposer, pour stationner, mais bien plutôt pour avancer toujours plus dans cette aurore de la lumière éternelle.” (Dom Guéranger)
 
 
Une vie de travail : travail manuelImprimerEnvoyer
Par le travail, la moniale sert le Seigneur et son monastère ; bien plus, elle coopère à l’achèvement de la création divine.
 
L’obéissance dirige l’activité des moniales. S’il est permis d’avoir une préférence, c’est pour les travaux les plus humbles et les plus pénibles, à l’exemple de Jésus qui a lavé les pieds de ses disciples.
Travail     
Les travaux du monastère permettent, en premier lieu, de faire face à la marche d’une grande maison : la cuisine, la buanderie, la confection et le raccommodage de l’habit monastique, la culture du jardin potager, du verger, les réparations en tout genre occupent un grand nombre de sœurs.
Certaines exercent une charge plus spécifiquement liée à la vie monastique : l’accueil, la sacristie. D’autres, enfin, œuvrent à des travaux rétribués. Actuellement il existe à l’abbaye Sainte-Cécile un atelier de vêtements liturgiques.
 Atelier
Le dévouement de chacune, selon la diversité de ses dons, contribue à assurer la subsistance de la communauté et lui permet d’accomplir plus largement le devoir du partage avec les plus pauvres.



 
 
Une vie de renoncement à la suite du ChristImprimerEnvoyer
« Si quelqu’un veut venir à ma suite, qu’il renonce à lui-même, qu’il prenne sa croix chaque jour, et qu’il me suive » (Mt 16, 24).



La vocation à suivre le Christ est un appel à la liberté du cœur, qui nécessite de purifier son désir pour l’amener à ne chercher que Dieu. D’autre part, elle est une invitation à participer à la passion rédemptrice du Christ. Pour ces deux motifs, l’effort, la peine, le sacrifice sont inséparables de la vie monastique. Ils se manifestent dans le jeûne et les veilles, mais plus encore par les nombreux renoncements inhérents à la fidélité de chaque instant tout au long des années, à l’obéissance, au silence, à l’humilité, à la pauvreté, au travail et à la vie commune.
Cependant, saint Benoît, soucieux de n’établir dans sa Règle rien de rigoureux ni de trop pénible, a voulu unir chez ses disciples l’exactitude de l’observance à la dilatation du cœur et a su tempérer ses règlements par la plus paternelle bonté. Dans cet esprit, les moniales s’efforcent de vivre la « joyeuse pénitence » à laquelle les encourage le Concile Vatican II.
 
Une vie de familleImprimerEnvoyer






Saint Benoît a voulu donner aux membres de la communauté monastique la physionomie d’une famille stable groupée autour de l’abbesse qui tient la place du Christ. Il définit dans sa Règle une manière typique de vivre l’Évangile en commun. Si la moniale cherche la solitude en entrant au monastère, elle n’entend pas rester isolée. Elle désire s’insérer au sein d’une communauté fraternelle rassemblée pour la louange de Dieu dans une expérience concrète de communion.











Choeur
L’abbesse est au service de cette communion fraternelle. Élue à vie par la communauté, c’est à elle qu’a été remis le dépôt de la doctrine du Christ, de la Règle et des traditions monastiques ; elle en est l’interprète autorisée. À sa parole, l’abbesse joint l’exemple de sa vie. Elle sait que le Seigneur est venu, non pour dominer, mais pour servir. Son rôle est de guider avec prudence chacune des moniales dans les voies spirituelles qui mènent à Dieu et d’entraîner harmonieusement l’ensemble de la communauté à réaliser toujours mieux sa vocation bénédictine de louange divine et de charité évangélique.
La communauté est composée de moniales de vœux solennels vivant à l’intérieur de la clôture, d’oblates de vœux simples et de sœurs externes, ces dernières se tenant plus souvent hors clôture pour accueillir hôtes et visiteurs.




Chaque jour, les temps de repas, de détente ou d’enseignement
vécus ensemble, sont l’occasion de resserrer les liens fraternels.


























Comme une vraie famille, la communauté compte en son sein les plus jeunes  sœurs et les anciennes, qui sont entourées d’une affectueuse vénération non seulement en raison de la reconnaissance due aux longues années qu’elles ont vécues au service de leurs sœurs, mais encore parce que l’infirmité leur confère une ressemblance plus marquée avec le Christ souffrant et offrant sa vie pour le salut du monde.



 
 

quarta-feira, 26 de abril de 2017

Being in God’s…according to Saint Benedict. Saint Benedict (and his 12 degrees of humility. Benedict XVI, Christ is the answer

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Being in God’s…according to Saint Benedict

In the days leading up to the feast of Saint Benedict (J.ul 11) I thought I’d look at some reflections on his influence on us today. The Saint has set the stage for so much in the Church today, especially for the spiritual life, that we need to pay clear attention to what he has to say.
Living in the presence of God, according to Benedict, shapes
all realms of human life: prayer, work, interaction with creation, and
relationships with other people. “Fellowship,” that great slogan of
our time, was for Benedict no contradiction to a devout love of God. The social
dimension is always already religious, for in the brother as in the sister we
encounter Christ himself.
Faith in God is made concrete for Benedict in a
belief in the good core of the fellow human being. There faith is expressed in
a new way of being with one another. That, for Benedict, is the basis of true
humanity. It is not an uplifting ideal, but reality that confronts us again and
again in daily situations.
Thus Benedict says in the chapter on the monastic
counsel that the abbot is to call all the brothers to counsel because “the
Lord often reveals what is better to the younger.” For Benedict, then, it
is clear that the Lord speaks to us through people, that he can speak to us
through anyone, even a younger person who may have less experience and
knowledge.
Anselm Grun, OSB, Benedict of Nursia: His Message For Today

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Saint Benedict (and his 12 degrees of humility


God our Father, You made Saint Benedict an outstanding guide
to teach men how to live in your service. Grant that be preferring your love to
everything else we may walk in the way of your commandments.
St Benedict a Bohemian artist.jpg
Famous for his work on the 12 degrees of humility, Saint Benedict proposes the following for those who want to advance in the spiritual life. The degrees of humility are given below.
The first degree of humility, then, is that a man always
have the fear of God before his eyes (cf Ps 35[36]:2), shunning all
forgetfulness and that he be ever mindful of all that God hath commanded, that
he always consider in his mind how those who despise God will burn in hell for
their sins, and that life everlasting is prepared for those who fear God. And
whilst he guard himself evermore against sin and vices of thought, word, deed,
and self-will, let him also hasten to cut off the desires of the flesh.

St Benedict3.jpg

Christ is the answer, Pope reminds the Benedictines and all peoples


montecassino1.jpgIn speaking to the Benedictines at Montecassino, the Pope was speaking to all Benedictines, solemnly professed and oblates, and to the laity, in general. He proposes once again the person of Saint Benedict as a person who knew well that Christ is the answer to all things. The Pope’s homily at Vespers follows:
Almost at the end of my visit today, I am particularly pleased to pause in this sacred place, in this abbey, four times destroyed and rebuilt, the last time after the bombings of World War II, 65 years ago. “Succisa virescit” [in defeat we are strengthened; when cut down, this tree grows again]: the words of its new coat of arms represent well its history. Monte Cassino, just as the secular oak tree planted by St. Benedict, was “pruned” by the violence of war, but has risen more vigorous. More than once I also have had the opportunity to enjoy the hospitality of the monks, and in this abbey I spent many unforgettable hours of quiet and prayer. This evening we entered singing “Laudes Regiae” together to celebrate the Vespers of the Solemnity of the Ascension of Jesus. To each of you I express the joy of sharing this moment of prayer, greeting everyone with affection, grateful for the welcome that you have reserved for me and those who accompany me in this apostolic pilgrimage.

In particular, I greet Abbot Dom Pietro Vittorelli, who has made himself the spokesman of your common sentiments. I extend my greetings to
the abbots, the abbesses, and to the Benedictine communities present here.
Today the liturgy invites us to contemplate the mystery of the Ascension of the Lord. In the brief reading taken from the first letter of Peter, we were urged to fix our gaze on our Redeemer, who died “once and for all for sins” in order to lead us back to God, at whose right hand he sits “after having ascended to heaven and having obtained sovereignty over the angels and the principalities and the powers” (cf. 1 Pt 3, 18.22). “Raised on high” and made invisible to the eyes of his disciples, Jesus has not however abandoned them, but was: in fact, “put to death in the body, but made to live in the spirit” (1 Pt 3:18). He is now present in a new way, inside the believers, and in him salvation is offered to every human being without distinction of people, language, or culture. The first letter of Peter contains specific references to the fundamental Christological events of the Christian faith. The Apostle’s intention is to highlight the universal scope of salvation in Christ. A similar desire we find in St. Paul, of whom we are celebrating the two thousandth anniversary of his birth, who to the community of Corinth, writes: “He (Christ) died for all, so that those who live, live no longer for themselves but for him, who has died and is risen for them.” (2 Cor 5, 15).
To live no longer for themselves but for Christthis is what gives full meaning to the lives of those that let themselves be conquered by him. The human and spiritual journey of St. Benedict attests to this clearly, he who, leaving all things behind, dedicated himself to the faithful following of Jesus. Embodying in his own life the reality of the Gospel, he has become the founder of a vast movement of spiritual and cultural renaissance in the West. I would now like to refer to an extraordinary event of his life, which the biographer St. Gregory the Great relates, and with which you are certainly well acquainted. One could almost say that the holy patriarch was “lifted up” in an indescribable mystical experience. On the night of October 29 of the year 540 — reads the biography — and, facing the window, “with his eyes fixed on the stars he recollected himself in divine contemplation, the saint felt that his heart was inflamed … For him, the star filled firmament was like the embroidered curtain that revealed the Holy of Holies. At one point, he felt his soul felt itself carried to the other side of the veil, to contemplate the revealed face of him who dwells in inaccessible light” (cf. AI Schuster, History of Saint Benedict and his time, Ed Abbey Viboldone, Milan, 1965, p. 11 et seq.). Of course, similar to what happened to Paul after his heavenly rapture, St. Benedict, following this extraordinary spiritual experience, also found it necessary to start a new life. If the vision was transient, the effects were lasting, his very character — the biographers say — was changed, his appearance always remained calm and his behavior angelic, and even while he was living on earth, he understood that in his heart he was already in heaven.
St. Benedict received this gift of God not to satisfy his intellectual curiosity, but rather because the charism with which God had endowed him had the ability to reproduce in the monastery the very life of heaven and reestablish the harmony of creation through contemplation and work. Rightly, therefore, the Church venerates him as an “eminent teacher of the monastic life” and “doctor of spiritual wisdom in the love of prayer and work; shining guide of people in the light of the Gospel” who,”raised to heaven by a luminous road” teaches people of all ages to seek God and the eternal riches prepared by him (cf. Preface of the Holy in the monastery to the MR, 1980, 153).

Yes, Benedict was a shining example of holiness and pointed the monks to Christ as their only great ideal; he was a master of civility, who proposed a balanced and adequate vision of the demands of God and of the final ends of man; he also always kept well in mind the needs and the reasons of the heart, in order to teach and inspire a genuine and constant brotherhood, so that in the complexity of social relationships the unity of spirit capable of always building and maintaining peace was never lost sight of. It is not by
chance that the word Pax [peace] is the word that welcomes pilgrims and visitors at the gates of the abbey, rebuilt after the terrible disaster of the Second World War, which stands as a silent reminder to reject all forms of violence in order to build peace: in families, within communities, between peoples and all of humanity. St. Benedict invites every person that climbs this mountain to seek peace and follow it: “inquire pacem et sequere eam” [seek peace and follow it.] (Ps. 33,14-15) (Rule, Prologue, 17).
By its example, monasteries have become, over the centuries, centers of fervent dialogue, encounter and beneficial union of diverse peoples, unified by the evangelical culture of peace. The monks have known how to teach by word and example the art of peace, implementing in a concrete way the three “ties” that Benedict identifies as necessary to maintain the unity of the Spirit among men: the cross, which is the very law of Christ, the book which is culture, and the plow, which indicates work, the lordship over matter and time. Thanks to the activity of the monastery, articulated in the three-fold daily commitments of prayer, study and work, entire populations of Europe have experienced a genuine redemption and a beneficial moral, spiritual and cultural development, learning in the spirit of continuity with the past, of concrete action for the common good, and of openness to God and the transcendent aspect of the world. We pray that Europe always exploit this wealth of principles and Christian ideals, which constitutes an immense cultural and spiritual wealth.
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This is possible but only if the constant teaching of St.
Benedict is embraced, the “quaerere Deum,” to seek God, as the fundamental commitment of man. Human beings cannot achieve full self-realization or ever be truly happy without God. It is your special responsibility, dear monks, to be living examples of this interior and profound relationship with him, implementing without compromise the program that your founder summarized in the “nihil amori Christi praeponere” [put nothing before the love of Christ.] (Rule 4.21). In this holiness consistsa valid proposal for every Christian, more than ever in our time, in which the need to anchor life and history to solid spiritual principles is felt.
Therefore, dear brothers and sisters, your vocation is a timely as ever, and your mission as monks is indispensable.
From this place, where his mortal remains rest, the patron saint of Europe continues to urge everyone to continue his work of evangelization and human promotion. I encourage you in the first place, dear brethren, to remain faithful to the spirit of your origins and to be authentic interpreters of this program of social and spiritual rebirth. The Lord grants you this gift, through the intercession of your holy founder, of his holy sister St. Scholastica, and of the saints of your order. And may the heavenly Mother of the Lord, who today we invoke as “Help of Christians,” watch over you and protect this abbey and all your monasteries, as well as the diocesan community that lives around Monte Cassino. Amen!
Pope Benedict XVI
Homily at Vespers II
The Abbey of Monte Casino
May 24, 2009